Historia de amor... ¡pero qué bonito!
Versión larga:
Tú jamás habías reparado en él. Si acaso, un par de veces, pues sí te habías dado cuenta de que llevas compartiendo clase con él desde que tienes uso de razón. Como tú ni piensas ya en «esas cosas» porque para la única vez que lo hiciste, resultó que te hicieron sentir como una mierda -menuda puntería la tuya-, te crees que nadie piensa en ello.
No eres Miss Simpatía ni mucho menos, pero basta que seas mínimamente cordial para que la gente se crea que eres la ostia. Así que, sin comerlo ni beberlo, va tu amiga -por llamar a ese tipo de relación algo parecido- y te dice lo peor que te podrían haber dicho en un momento de intento de relax como ése: está por aquel chaval callado y tímido que tú conoces desde que se comía los mocos.
Tratas de no darle importancia ni decirle que lo conoces desde siempre, pero es prácticamente imposible y alguien se va de la lengua, dando lugar a situaciones como ésta:
Él: Pues Ángela y yo lo conocemos desde siempre.
Ella (interesadísima): ¿Ah, sí?
Yo (haciéndome la longuis): ¿Eh? Eh.. sí, sí..
Ella (con cara de corderito degollado): ¿Por qué no me ayudas?
Yo: ¿Hacer de Celestina?
Ella (ilusionada): ¡¡¡Claroo!!!
Yo: No, gracias.
Ella (ahora DESilusonada): ¿Por qué?
Yo: Muere asesinada. Es ruín, rastrera, grosera y, para colmo, vieja. Prefiero a Melibea: soy joven, correspondida, la Celestina se ocupa de liar a Calisto conmigo y aún encima decido cómo morir. ¿No es genial? ¡Ha! (cara de psicótica, pero alegre)
Ella (gotita en la frente estilo anime): ¿Te gusta la Celestina?
Yo: No. Odio a Fernando de Rojas. Me alegro de que esté muerto... estará en el infierno, retorciéndose de dolor junto a Elio Antonio de Nebrija.
Versión corta:
No soy mala persona; sólo es que no me interesa el noventa y nueve por cien de las personas y de las cosas que hacen, piensan, dicen o les pasan.